El nudo
- Es que no me interesa hablar contigo, seguí tu camino que yo sigo el mío.....
Esas palabras le resonaban cada día, le dolían como pocas palabras le habían dolido antes.
Hacía ya cuatro meses que las escuchara por primera vez a través del teléfono, y casi un mes, que procurando borrarlas y creyendo que eran sólo el fruto de un enojo irreflexivo, se acercó a hablarle en un encuentro casual. Recibió idénticas palabras que chocaban brutalmente con su deseo de abrazarla.
Desde entonces la obsesiona una idea que quisiera contarle, una mirada ingenua a la vida, que ella siente como una valiosa revelación.
Se habían empezado a conocer más cercanamente hacía sólo un año, cuando Sara, con quien tenía un trato poco cercano, pero mutuo aprecio, la llamó para anunciarle que tenía cáncer.
La noticia removió en Ana, su habitual instinto maternal, su insaciable necesidad de cuidar y proteger a los otros, reparándose también a sí misma cada vez. Mientras el tratamiento de Sara transcurria con mucha dureza, Ana se dedicó a aompañarla, sintió con ella, temió, lloró, se agradecieron mutuamente la cercanía, se expresaron afecto, se emocionaron.
Así transcurrió un verano, un otoño y parte del invirno, pero por escondidas razones, que Ana no ha podido comprender, la relación se quebró bruscamente, Sara se volvió una extraña, amenazante, y aunque a Ana le costara creerlo, inusualmente mala.
Desde aquellas palabras furiosas, Ana creyó entender la génesis del tumor, y se sentía responsable de poder decírselo, aunque su razón le dijera que debía dejar atrás a Sara y su cáncer, como ella le ordenaba..."seguí tu camino que yo sigo el mío"...
¿Y si su emoción irracional tenía razón, y si era esa la clave que liberaría a Sara?
En su pensamiento obsesionado y su alma lastimada, se presentaba cada día aquel enojo ciego y altivo, ese esquema que Sara repetía una y otra vez enojándose con tanta gente, aquel encierro de Sara en un orgullo insensato, aquella energía demoledora transformada en furia, ¿por qué no podría invertir esa energía en un dar y recibir intenso pero sereno?.
Ana podía sentir, cuando pensaba en ella, su nudo apretado de rencor y enojo, un ovillo que encerraba la luz, e irradiaba un calor quemante y destructivo, capaz de devorar su interior. Mientras ella más se esforzaba por sacarlo de sí, por arrancarlo con su propia furia, más lo alimentaba.
Ana pensaba una y otra vez en aquel encuentro casual en la Feria del Libro, en que se acercó ingenua, pidiéndole a Sara para hablar con ella. No podía borrarlo de sí, esa mirada furiosa, esas palabras lanzadas como dardos, mientras ella no dejaba de mirar su cara ojerosa y su pelo ya bastante crecido, sin poder entender qué extraña razón podía haber desatado tanto rencor. Ella deseaba responder a su ataque, con un abrazo fresco, un abrazo calmado y generoso que transformara tanta irritación en alivio, que deshojara su nudo de enojo, capa por capa, hasta curarla.
Pasó en unos minutos por todos los estados, un cariño inmenso que botaba sin control y perdonaba, una comprensión serena, que le decía que debía recibir aquella furia, ya que no podía transformarla y una rabia infernal que no aceptaba tanta ingratitud, que quería sacudirla y callarla a la fuerza para que escuchara, que quería lastimarla de tanto enojo.
De pronto sintió que ya no resistía, si se quedaba allí la abrazaría con todas sus fuerzas hasta hacerla callar, tal vez, también, le dijera cosas hirientes como las que recibía.
Se fue corriendo sin decir nada y se mezcló entre la gente, desolada, sintiendo que la última oportunidad de ayudarla se había perdido, culpándose por no entender el modo de llegarle.
La tristeza invadió todos los rincones de su pensamiento y sintió que ahora, debía aprender a vivir triste, porque no encontraba el modo de calmar la pena que sentía.
Los días fueron pasando, Ana volvía cada día con su pensamiento, a esos tristes minutos y una y otra vez, volvía a sentir la fuerza destructiva de ese nudo que Sara alimentaba en cada episodio en que reafirmaba su ego, agrediendo a los otros.
Una tarde fresca del siguiente otoño, volvieron a cruzarse en la calle. Sara apenas la miró sin saludarla, la furia seguía en su cara, el nudo ardiente seguía intacto, amenazante. Ana podía sentirlo, estaba allí, irradiaba dolor, lastimaba el alma.
Eso despertó su propia furia,no podía ignorarla y seguir de largo, no podía ser mezquina, quería enseñarle un modo de estar en el mundo más armonioso, quería decirle que no era necesario su encierro egoísta para sentirse bien. Sara precisaba ayuda y ella debía superar su propio enojo y ayudarla.
Se volvió hacia ella sin decir nada, y esta vez sí, la abrazó con fuerza, la apretó hasta vencer su resistencia, mientras le decí "tus enojos te hacen daño, recordá que estoy de tu lado y nunca dejé de estarlo,no hay enemigos, podés bajar la guardia...." No pudo decir más, el llanto la ahogaba.
Por fin pudieron mirarse, la expresión de Sara disminuía su furia y parecía de a poco, volverse permeable al afecto. Ana sintió que el cúmulo de rabia y enojo empezaba a ceder. Le sonrió aliviada, se animó a despedirla con un beso que Sara recibió con cierta aspereza pero no rechazó y se fue sin hablar más, alegre por la esperanza que se abría.
Sara sonrió levemente. Siguió su camino algo turbada, pero por una vez, pudo mirar a los costados, reconocer a Ana como igual, salir de sí, abrir el pensamiento y dejar el alma libre.
Los días siguieron sucediendo sin que ninguna supiera nada de la otra. Sara inició un camino reflexivo, que liberaba de a poco, esa energía acumulada en su contra. El nudo, lentamente perdía sus capas, mientras ella aceptaba de a poco, aquello de "no hay enemigos", y aprendía, lo que hasta ahora nunca habia ni siquiera sospechad no es necesario opacar ni destruir a nadie, todos tenemos nuestro modo de brillar, aunque no nos esforcemos por mostrarlo.
A Ana ya no le dolía el desencuentro, había guardado para sí lo bueno que se habían podido dar, la certeza que Sara, ahora sí ganaría su batalla y la confianza en que el tiempo, ayudaría a Sara, a reconocer lo ganado y olvidar lo demás.
Una tarde soleada del invierno que vino, Ana repasaba en su pensamiento aquellos días trites, la emoción de ese encuentro que pensó liberador y sintió que el cariño asomba de nuevo como antes, abriéndose paso, algo confuso, entre la imagen depreciada y sórdida con que solía últimamente pensar en ell una pobre persona, encerrada en el odio, incapaz de disfrutar el ser igual a todos e igualmente valiosa, incapaz de recibir con natural alegría, incapaz de saber qué bueno es el afecto desinteresado cuando circula sin más entre la gente.
De pronto, recibió un mensaje en su celular, "hay sol en el living de mi casa, ¿pasamos de nuevo una tarde tibia?"
Ana no respondió. Salió casi corriendo hasta la puerta de esa casa dónde hacía tiempo tenía prohibido entrar. Mientras llamaba, sintió dudosa, que Sara no merecía su respuesta, ya había cumplido con mostrarle otro camino, había perdonado sus agresiones desmedidas, había tolerado la tristeza de sentir que disfrutaba viéndola caer, había dejado fluir su afecto para suavizar el nudo que tanto daño le haría y había aceptado el riesgo de recibir a cambio su ingrata soberbia.
Sara abrió la puerta con cara inexpresiva y se esforzó por usar su tono amabl - Hola, pasá..
Ana conocía de sobra la distancia que las separaba y la incapacidad de Sara de abrir su corazón al afecto sin intentar controlarlo. Entró callada, casi temblando, temerosa, pero decidida.
- ¿Preparo un té?, le dijo sin más, y entró a la cocina, donde tantas veces antes, había preparado la merienda para ambas.
Tomaron el té en silencio, sin poder mirarse. El sol las entibiaba a través del vidrio, y cada una recordó sin decirlo, las tardes tibias en que se sentían tan cercanas y alegres de haberse conocido.
- Qué pena, ¿no?, ya no existe aquella magia, dijo Ana, -ya no te siento. ¿Sabés algo?, tu cáncer es tu propia protesta, ¡escuchala!. Si sentimos tanto afecto aquellas tardes, si creí que eras confiable, si pediste y motivaste en mí tantas emociones, también son tuyas. No alimentes tu nudo de enojo, deshacelo con amor, sólo así vas a ganar tu batalla.
Sara escuchó callada, su razón amurallada no entendió, pero una brecha de emoción logró abrir paso hasta asomarse. Insinuó un abrazo, que Ana completó emocionada.
-No vamos a ser amigas, ya no, dijo Ana, pero podremos preservar en el alma, nuestras tardes tibias, tal vez volvamos a necesitarlas... Y quién sabe, si el tiempo nos reúne de nuevo, podríamos reconocernos...
No quiero convencer a nadie de nada
"No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de
convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra
su libertad de pensar o creer o de hacer lo que le dé la
gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no
demostrar. Que cada uno llegue a la verdad por sus propios
pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado. ¡Quién
es quién para decir "esto es así", si la historia de la
humanidad no es más que una historia de contradicciones y
de tanteos y de búsquedas?
Si a alguien he de convencer algún día, ese alguien ha de
ser yo mismo. Convencerme de que no vale la pena llorar, ni
afligirse, ni pensar en la muerte. "La vejez, la enfermedad
y la muerte", de Buda, no son más que la muerte, y la muerte
es inevitable. Tan inevitable como el nacimiento.
Lo bueno es vivir del mejor modo posible. Peleando, lastimando, acariciando, soñando. ¡Pero siempre se vive del mejor modo posible!
Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar pero de
verdad volar, yo solo, con mis brazos, tendrá que gustarme
caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave.
No tengo ningún deseo que me digan que la luna es diferente a mis sueños. "
Jaime Sabines
Si leíste este poema de Sabines, por ahí puedes leer esto que sigue. Que no es Sabines, que soy yo.
Te creí un hombre rebelde, curioso. Te creí un hombre con sueños. Vi a ese hombre. Lo escuché. Hablé con él. Lo toqué. Compartí cenas, almuerzos, caminatas. Le conté lo que había hecho con mi vida. Le conté mis sueños. Compartí un viaje. Compartí noches que en este momento no encuentro palabras para describir, por lo increíble que fueron en todos los sentidos.
Siempre estaba pensado, me falta conocer a Rodrigo, el padre. Al que no pude ver.
Pero resulta que había otro que yo tampoco conocía. Que ni lo sospechaba. El que se retracta, el que tiene miedo.
"Soy un cabrón", no Rodrigo.
"Soy un cagón". Repetítelo. Repetilo hasta que te entre. Repetilo una y otra vez. Soy un cagón, me cagué.
Me da miedo a dónde me lleves. Me da miedo lo que me pidas. Me da miedo cómo me lo pidas. Me da miedo lo que me des. Me da miedo que me lo cobres. Me da miedo coger contigo xq por ahí querés tener un hijo de prepo. Me da miedo tu cara. Me da miedo tu sonrisa. Me da miedo hasta el cuerpo que supe querer. Me da miedo tu ayuda. Me da miedo tu compañía. Me dan miedo tus lágrimas.
Me da miedo que vengas, que estés. Que te despiertes al lado mío y me abraces. Que te duermas pegada a mi y de la mano. Me da miedo caminar junto a vos. Me da miedo meterme en la bañera contigo. Me da miedo hacerte el amor en la mesa, en la cama, contra la pared. Me da miedo cocinar juntos, comer juntos. Me da miedo que mi hijo vea que hay una persona que me quiere y acompaña. Me da miedo que me sorprendas. Me dan miedo tus sueños.
Me da miedo tu libertad. Me dan miedo tus palabras.
En definitiva Rodrigo, lo que te da miedo es SER FELIZ. Lo que quiere cualquier ser humano en este mundo, cualquiera ... hasta el más limitado. Quiere ser feliz.
Y tanto miedo te da todo esto, que me cortas hasta la llamada así de simple, te corto.. fácil, sencillo. No te escucho, no te veo. Me ahorro tu dolor. Me chupa un huevo tu dolor.
Somos lo que elegimos ser Rodrigo. Y un hijo no te condiciona, te hace crecer. No es excusa para tu vida mansa, un hijo es pretexto para una vida libre. Y en ese sentido te ayudé, hablamos, te escuché.
Que vayas al Paro tampoco es excusa para terminar la relación. He pensado una y mil veces las maneras de no ser una carga, te las he dicho, las hemos hablado los dos.
Me quedo con el “no te quiero lo suficiente”. Eso es lo que me da vueltas en la cabeza. Eso es lo que no me dejó dormir en toda la noche. Que me hizo llorar. Que me hace llorar. En definitiva, me doy cuenta que nunca me amaste. Y nunca me quisiste.
Vos te quedarás con esa imagen virtual mía, que poco tiene que ver con lo que soy. Con la imagen de una mujer promedi egoísta, celosa, mojigata, apática, pusilánime y caprichosa.
Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.
Qué hicieron contigo? Qué te hicieron? Qué te dejaste hacer?
Cuántos años hace que vives la vida de otros Rodrigo, que ni siquiera eres capaz de tomar una decisión por ti solo. Por ti mismo. Que piensas y vives en función “de lo que puede pasar”, de frases hechas por machos inmaduros tales com “todas las mujeres en algún momento quieren tener hijos”.
Te creí libre. Te creí con cojones. Me creí todo. Completo. De punta a punta. Hasta el amor me creí.
Ahora me doy cuenta que tu amor era el amor a medias, el amor apenitas... el amor pobre que permite compartir un rato, 5 días, 15 días, el amor que "no es suficiente para que vengas y estés conmigo”.
No hemos tenido grandes diferencias. Todo lo contrario. Siempre hemos hablado en sentido constructivo, aprendiendo el uno del otro. Pero sabes cuáles son las dos únicas y más básicas de las diferencias entre tu y yo?
Primer la entrega. Yo soy capaz de dar. De entender. De ceder. Hasta mi corazón...entero...completo... para que lo uses y lo dejes y devuelvas así. Tuve la capacidad de darme entera, de dejar todo y de proyectar una experiencia juntos.
Y esa es la segunda diferencia. La capacidad de visión. De ver más allá de lo que dicen los demás, de lo que quieren los otros, de cagarme en lo que pueda llegar a pasar y de apostar con alma y cuerpo a lo que quiero que pase.
Hubiera preferido mil veces que todo esto me lo dijeras frente a frente, a la cara. Ahí. O acá. Mirándome, sin la puta posibilidad cobarde de cortarme por el teléfono o por el skype. Mirándome a los ojos, mirando mis lágrimas, sintiendo mi corazón a mil. Mirando mi cara de incertidumbre y descreimiento. Sintiendo mi dolor.
Te creí, Confié en vos. Entendés que te confié lo mejor de mi. Fui a demostrártelo. A decírtelo. Volví acá. A contarlo a los que me quieren. A contarlo a los que te quieren.
Seguí con tu vida Rodrigo. Con tu monotonía. Con tu rutina cómoda. Seguí en tu manada. Hace muchos años que decidí no ser parte de una y ni siquiera parecerme de la que vengo. Y eso, es tener cojones y una actitud filosófica ante la vida. Pertenezco a mi misma y me hago responsable de mis propias elecciones. Asumo riesgo laborales, familiares y sentimentales y ME LA BANCO. Sin pedir permiso, sin rendir cuentas y recibiendo el apoyo de quienes me quieren y cuidan.
Y este era un riesgo. Pero una vez más, me cruzo con un hombre que no está a la altura de las circunstancias. Pero por sobre todo, una vez más fui capaz de amar de manera sincera y honesta. Y eso, eso es lo mejor de todo y no me lo quita nadie.
Y la próxima vez que te cruces con una mujer, tratá de que sea una planta. Un vegetal. Alguien que no sueñe, que no hable, que no se mueva. Alguien que no te toque, que no te admire. Alguien que no quiera coger contigo, alguien a la que apenas le saques un polvo. Alguien que no te sienta, que no te escuche. Alguien que no te cuestione, que no te pregunte.
No te vuelvas a meter con una mujer como yo; hay una frase de Muhammad Ali a la que siempre recurro cada tanto y que trato de tener presente. Cuando le preguntaron sobre su estilo de boxeo, él contestó “float like a Butterfly, sting like a bee”. Floto como una mariposa, pico como una abeja. Eso hacemos las mujeres como yo.
Sufrí mucho en la vida. Cargué con mochilas propias y ajenas. Con 32 años tengo claro que en la vida gozamos y sufrimos. Pero también tengo muy claro que al menos yo, estoy hecha para ser feliz y esa es y será mi constante. Con hijos, sin hijos. Con hombres, sin hombres. Con trabajo, sin él. Pero mi meta es esa, ser feliz.
El 24 de mayo de 1991, el día de mi cumpleaños, cuando mi papá murió… después de 6 meses en coma… reaccionó, se despertó.. se sentó en la cama. Vino un enfermero y mi padre le pidió un lápiz y un papel mi papá apenas sabía escribir, mi madre le enseñó mientras nos enseñaba a nosotros cuando yo tenía 3 años. Y escribió lo siguient
“Mercedes, que Javier y Majo sean buenas personas, que estudien, que no sean como yo ni como vos, y que sean libres y felices. Y a vos, de rodillas, solamente te pido perdón. Juan”. Después de eso, le dio un doble infarto que le partió el corazón en tres partes iguales.
Ese pedacito de papel, lo tengo en mi billetera junto a la foto que me diste tuya. Estúpidamente, pensé que tu eras parte de esa felicidad y de esa libertad.
Y te amo. A pesar de todo esto. Te amo profundamente.
Majo