EL DIA DE LA TRAICION
Volvíamos del pueblo como todos los domingos. Estaba deseando llegar a casa para poder irme. Era tarde las once de la noche. LLame a mi amigo, mi mejor amigo, mi único amigo.
No me contestaba, era raro, él solía estar disponible. Me baje a la calle no tenía paciencia para esperarlo en casa, estaba deseando huir, como siempre, huir de mi misma. Me contestó al teléfono, estoy aquí, con él, ven.
El era su amor, el chico del que se había enamorado. Yo conocía su historia, toda la historia, todos los detalles, las conversaciones,...Hasta me parecía que lo conocía a él y nunca lo había visto.
Después todo paso muy rápido, al menos a mi muy rápido. Estabamos en el HEART BREAK y alli pasó. Estabamos los tres. El me estaba seduciendo, descaradamente. Sabía que yo no me encontraba en el estado más adecuado. Y me tiré a su boca, me volví loca, quería besarlo.
Mi amigo estaba allí a nuestro lado. El me dijo está este aquí. Me di la vuelta y lo miré. El se dio la vuelta y se fue. Creo que aún nos quedamos algún minuto. Fuimos a buscarlo al coche. Por el camino le dije maricón. El estaba apoyado en la pared. Y lo supe. Se lo dije. Después nos montamos los tres en el coche. Mi amigo estaba enfadado no se lo que dijo no lo recuerdo. Yo no dije nada. Después mi amigo continúo a mi lado a pesar de la traición pero no pudo más no pudo aguantar más y me dejo.
EL CHINITO - José Luis Alvarez
Sólo cuando el líquido se escurre y la superficie comienza a erizarse, caigo en la cuenta de que esa bola negra y gelatinosa que aflora es la cabeza. Pese a que el rostro no se ve aún, la parte del cráneo expuesta alcanza para sacarme un peso de encim es redondo, no en punta como el de los egipcios y el mío. Su pelambrera es tupida y lisa como la de un lobo marino. Quiero decir algo, pero el miedo de descubrir el resto del cuerpo me paraliza. Los labios de la joven matrona se mueven en vano como en una película muda. Su voz, ni ningún otro ruido humano, sería capaz de franquear la batahola que mi sangre alborotada ha armado en mi cabeza, que retruena como el bombo del sanctus de la Misa criolla.
Mi mirada se extravía sin causa en el enorme ventanal. A través del mismo veo cómo la bóveda gris que desde hace casi un mes nos tiene sumidos en las tinieblas, comienza a resquebrajarse. Un cielo gélido pero azul al fin, se vislumbra entre las grietas. De pronto, un trozo de la bóveda se desmorona y el sol inunda la sala blanca, cegándonos a todos en el acto. Lo primero que hago cuando mi visión se restablece es buscar a Natasja, la Bolchevique, a quien el ser emergente ha relegado a un segundo plano de este cuadro esencial. Contemplo sus rodillas flexionadas, redondas y perfectas como la primera vez que las vi, hace ya diez años. En su rostro perlado de sudor destaca la sonrisa franca que siempre la ha acompañado, en las buenas y en las malas, y que, al igual que sus rodillas, ha sobrevivido a los embates despiadados del tiempo. No se queja. Soporta el dolor como siempre lo ha hech en silencio.
—Pousse ! Pousse ! —grita la comadrona en tono enérgico y tierno a la vez.
Natasja cierra sus ojos de esmeralda, cuya belleza imposible sólo el titerote de Pierson ha osado, desde los confines de la galaxia en que habita, desafiar alguna vez. Respira hondo y empuja dos o tres veces hasta que la cabecita emerge por completo. Se escucha un “ploc” y el niño entero sale de ella como un flan que se despega del molde. Mis ojos buscan el reloj de la pare son las tres en punto. Una hora apropiada para nacer.
La comadrona deposita el niño en una mesa acolchada. Su atención se centra en la placenta, que alza hacia el Sol como una ofrenda. Los destellos tornasolados que desprende me hacen pensar en una amatista, una medusa, un meteorito, en infinidad de objetos bellos y raros. Todo menos en una víscera humana.
—C’est parfait ! —exclama la muchacha, y deposita la placenta en una bandeja. Vuelve la mirada hacia niño y agreg
—T’es bien pressé de venir au monde, hein, mon petit ange ?...
Las maniobras que siguen son tan expeditivas que, cuando quiero acordar, me encuentro enfundado en una bata de cirujano, siguiendo los pasos de una enfermera vieja que ha irrumpido en la escena sin que me apercibiera. Entramos en la sala contigua, dominada por una gran pileta de acero inoxidable —me recuerda a los bebederos de mi escuela— llena de agua en movimiento. Advierto con espanto que la mujer me hace señas para que tome en brazos ese ente brillante y morado como un pulpo hervido. Pretende que sea yo quien le dé su primer baño. Por más que soy consciente de que se trata del momento más solemne de mi vida, no puedo evitar sentir asco al primer contacto con esa piel lisa y traslúcida como el vientre de los sapos que operaba cuando era niño. Hago de tripas corazón y remuevo un instante al niño en el agua —lo mínimo para cumplir con el ritual— antes de devolvérselo a la enfermera, arguyendo que se me puede escapar de las manos. La estupefacción de su rostro me indica que ha adivinado mi vergonzante intención. Una doctora joven se une a nosotros. Entre ambas secan al niño, le aspiran el líquido de los pulmones y lo auscultan. Su piel se ha vuelto rosada y los cachetes se le han encendido como dos manzanas rojas. Ahora sí parece un niño de verdad.
Pese a que no me identifico con él —parece un chino por donde quiera que se lo mire, hasta tiene la característica mancha morada en la región lumbar— me han venido una ganas locas de apretarlo contra mi pecho, de escuchar el latido de su corazoncito, de besarlo y acariciarlo, de sentir su respiración en mi nariz. Pero nadie me lo ofrece, y yo no me atrevo a solicitarl es mi justo castigo.
Cuando salgo ya es de noche. Se ha puesto a nevar. La pesada puerta de madera se cierra sola detrás de mí, silenciosa e inexpresiva como todo en esta tierra austera a la que he venido a parar. Me da la sensación de que han pasado años desde que crucé, en sentido inverso, el umbral de la Maternidad. El manto de nieve que cubre los coches los ha vuelto irreconocibles. Recorro el parking con la nieve hasta las rodillas, en busca de mi vehículo. Cuando por fin lo encuentro y entro en él, constato que mis pies son dos bloques de hielo. No me fastidia demasiado, pues, al parecer, mi melancolía congénita se ha congelado también. La imagen del chinito se ha implantado en mi mente y no parece tener intención de partir. Tampoco me molesta; en realidad, me parece que lo he empezado a extrañar.
Al llegar a mi casa pongo un pescado a freír y me froto las manos de regocij me excita la idea de cenar en la cocina, solo como en los viejos tiempos de soltería, idos, ahora sí, para siempre. Pero la nostalgia no tarda en presentarse y monopolizar mi pequeña fiesta. No recuerdo haber percibido nunca, de manera tan clara y tan intensa, la lejanía de mis amigos de toda la vida, de mi viejo barrio, de mi pobre patria en ruinas...
Me encamino hacia el fogón para dar vuelta el pescado, pero el olor que emerge de la sartén me detiene como un muro invisible. Percibo, por el rabillo del ojo, un reflejo en la puerta reluciente del horno que acapara mi atención. No es la imagen del seductor en reserva con la que estoy acostumbrado a lidiar cada día en el espejo. En ésta hay una pieza que no encaja, una pieza que, sin embargo, me resulta familiar. Me acerco con cautela, conocedor de lo ariscas que son estas apariciones. No cabe duda de que el hombre que me mira desde el interior oscuro del horno soy yo. Lo extraño es que el reflejo lleva un paño de cocina blanco alrededor de la cintura, mientras que el mío es a rayas verdes y amarillas. Además, su rostro no está de continuo ajustándose —como el mío— en busca del semblante más favorable. Pero lo más curioso es que me mira como si fuese él el sorprendido. Avanzo otro paso y entonces sí lo reconozc es mi padre.
—¿Estás ahí? —le pregunto.
El olor me indica que el pescado se está quemando. Venzo con dificultad la fuerza que me frena y aparto la sartén del fuego. Cuando vuelvo a mi puesto de observación estoy seguro de que la aparición se ha ido. Pero me equivoc mi padre sigue ahí, bien instalado en mi rostro.
—¿Sos vos, papi? —le pregunto—. ¡Por Dios, viejo, contestame!... ¡Dame una prueba de que de veras estás ahí!...
Mi padre no me contesta, pero tampoco se escabulle en cuanto lo interpelo, como lo hace de manera invariable en este tipo de ocasiones. Quizá esta vez ha venido para quedarse... O, a lo mejor, como tantas veces lo he pensado, nunca se ha ido del todo... Extiendo el paño de cocina sobre el encimero, abro una botella de cerveza y me siento a cenar sin sacarle la vista de encima a la figura del horno.
La melancolía que no vuelve; el olor a pescado frito, que llega cargado de imágenes del pasado; la mirada de mi padre que se instala en la mía... Es como si mis cinco sentidos —que yo consideraba atrofiados para siempre— estuvieran despertándose de un prolongado letargo. El mundo, “mi” mundo, que un buen día se puso en blanco y negro, ha vuelto a ser en colores. Es más lindo de lo que lo recordaba.
—Esto es obra del chinito... —le digo a mi padre—, ¿o acaso estarán confabulados, ustedes dos?...
Hago un esfuerzo por recordar el momento exacto en que se detuvo este engranaje de mi cabeza que ahora, como por milagro, se ha puesto de nuevo a funcionar.
Bienne, 1998
¿Y a mí quién me cuida?
Con mi abuela enferma, la rutina de la casa ha cambiado y algunos hemos adquirido nuevos roles. Dicen los que saben que los primeros hijos suelen recibir mucha atención durante su crecimiento, por lo que al crecer resulta que son éstos los más comprensivos con sus padres, y quienes más los apoyan en momentos de dificultad-como si quisieran devolver al menos una mínima parte de todo lo volcado en ellos-. Digo con toda certez este es mi caso.
Las cadenas de los más chicos, los deberes junto a mi hermanita, la cena... en definitiva, un montón de preocupaciones que asumí y que se suman a las que ya padezco. No es que las asuma con gusto, pero siento la necesidad de permitir que mamá sólo tenga en mente a su mamá. En estos momentos es cuando valoro todo lo que ella hace por nosotros- sobretodo aquello que no solemos percibir y en lo que nos descansamos-.
Esta cuestión lleva alrededor de una semana, seis días de malabares entre estudio, familia y algo de vida social para escaparse unas horas.
Digamos que por el momento no soy la de siempre, ni la que me gusta ser.
Sólo es por unos pocos días... ya habrá tiempo para parar a llorar lo que esta situación genera en mí - y allí habrá que apelar a la resiliencia - .
¿Y a mí quién me cuida?
Con mi abuela enferma, la rutina de la casa ha cambiado y algunos hemos adquirido nuevos roles. Dicen los que saben que los primeros hijos suelen recibir mucha atención durante su crecimiento, por lo que al crecer resulta que son éstos los más comprensivos con sus padres, y quienes más los apoyan en momentos de dificultad-como si quisieran devolver al menos una mínima parte de todo lo volcado en ellos-. Digo con toda certez este es mi caso.
Las cadenas de los más chicos, los deberes junto a mi hermanita, la cena... en definitiva, un montón de preocupaciones que asumí y que se suman a las que ya padezco. No es que las asuma con gusto, pero siento la necesidad de permitir que mamá sólo tenga en mente a su mamá. En estos momentos es cuando valoro todo lo que ella hace por nosotros- sobretodo aquello que no solemos percibir y en lo que nos descansamos-.
Esta cuestión lleva alrededor de una semana, seis días de malabares entre estudio, familia y algo de vida social para escaparse unas horas.
Digamos que por el momento no soy la de siempre, ni la que me gusta ser.
Sólo es por unos pocos días... ya habrá tiempo para parar a llorar lo que esta situación genera en mí - y allí habrá que apelar a la resiliencia - .
Una simple pero complicada vida Despues de tantas etapas que uno pasa en la vida , les voy a contar las dos ultimas, donde con un hijo jovencito viviendo los dos solos y con problemas en cuanto a limites se suma mama , al fallecer mi padre . Y si , como se lo imaginan , se complico mas aun , hijo , madre , trabajo , y todo lo que hace a el mantenimiento de la casa , y como soy mujer pensaba que era mi deber hacerme cargo de todo , a veces yo diria que hasta orgullosa estaba de ello ,y asi vivimos un tiempo hasta que mi hijo se va a vivir solo, al poco tiempo mama se cae y la operan de la cadera y yo empiezo a descuidar el trabajo , que era lo unico mio , porque no tenia vida propia , pasan tres meses y se enferma de gravedad , al año fallece. Y me quedo solaaaaa , mi unico sentido de vida era mi hijo y a esta altura el trabajo ya no funcionaba . Despues de mucho dolor , pena , de remover cosas que no hice bien y de sentir un profundo vacio en mi vida pues son pocos los que se quedan para hacerte el aguante y tampoco pasaba por ahi la cosa , porque uno puede estar acompañado y sentir soledad , asi que habia que apechugar sola . Despues de un tiempo y despues de cursos , cursitos y y otros para llenar el vacio me anoto en una empresa para cuidar enfermos y me llamaron y ya estoy trabajando y ustedes diran que sigo en la misma pero no , ahora trabajo lo que corresponde y despues soy libre de hacer lo que quiero , ya no tengo que repartirme para complacer a todos , y no me veo en otro trbajo que no sea este , se que voy a pasar cosas dificiles , pero ayudar a otro te hace sentir vivo