Se ha dicho que el alma es la fuerza impulsora, casi nuestra luz propia, el mejor guía de que dispone el hombre para no caer en el pantano. Pero por estar comprometida en todo cuanto hacemos, el alma también es mutante, y puede degradarse, sublimarse, cansarse…
El lugar atinado del alma es el amar. El aprendizaje en cada prójimo, la renovación cotidiana de la fuerza del dar, que bien entendido es como recibir. Pero claro el mundo, por suerte o por desgracia, está pleno de imperfecciones, lugares de desilusión, lugares de rencor, lugares de odio.
Por esto, el alma debe revisarse permanentemente, con afán de libertad y afán de orden. Libertad, en lo que hace a desprejuiciar de verdad, con el fin de hacer el destino a cada instante, y depender lo menos posible de ataduras engañosas arrastradas por la vida. Orden, en el sentido de coherencia con nuestro amor.
¿De qué sirve que mi alma ame a la humanidad si mi mente y mi cuerpo ya no lo hacen? Seguramente iré teniendo un alma cada vez más torcida, corrida de su fuente. Es cierto, los golpes que depara la vida, hacen que muchas veces perdamos el timón, quedemos como ciegos frente a un televisor, repletos de preguntas, y todo lo que le pasa a uno parece ser todo lo que pasa, mientras los otros son felices.
El mundo no es justo. Pero nosotros estamos llamados a amarlo injusto, y pelear por hacerlo más justo, sin subirnos al caballo del daño por el hecho de estar sufriendo.
La soledad es una historia desolada, el dolor a veces parece un país enfermo en el alma. Pero es justamente el alma, si ésta está entregada al amor, lo que más tarda en enfermarse. Y uno ha conocido seres con la mente perdida y el alma sana, por dura y riesgosa que esta afirmación parezca.
Pero el rumbo del hombre feliz, es el que combina, como decían los griegos, alma, mente y cuerpo. Y la clave de esta combinación es amar y ser amado. No hablo de amor de pareja, sino de amor por seres y cosas que nos rodean. Claro, el amor de pareja es el que más nos completa, el que más nos hace falta. Pero no es fácil de conseguir para todos, y si bien yo no recomendaría a nadie renunciar a él, hay gente que pasa por largos trechos agazapada, sin él, y no renuncia al amor, el Amor.
Sartre decía que “el infierno es la mirada del otro”. Así nos volveríamos todos unos hipersensibles nihilistas. Yo sospecho, que cuando el otro es alguien bueno, su mirada, aunque pueda incomodarnos, tiene algo de paraíso. Ya decía Vinicius de Moraes y comprobamos alguna vez todos que lo importante es el encuentro. El encuentro, el abrirse al amor, eso ayuda a reorganizar el alma, no porque uno repare excesivamente en cómo lo ven los demás, sino porque es justamente de las distintas maneras de ver de lo que más se aprende.
Y ese aprendizaje se logra dejándose penetrar hasta los detalles, conservando uno la libertad de opción, con mente y si es posible espíritu abiertos a eventuales cambios.
Paradójicamente, es cuando uno más ayuda necesita que uno más se encierra, como a contemplar su propio dolor, casi como si fuera un dolor ajeno. Es que el dolor es paralizante. Y el cambio es movimiento.
Por eso, si uno concluye que es urgente una reorganización del alma, debemos combatir el estado de alerta, y ponernos lo más calmos posibles. Esta actitud ha de ser el primer paso. ¡Atención! No hablo de estar calmo sino de querer tender hacia la calma. Un hombre muy nervioso pero que quiere ir hacia la calma con amor, es un hombre que pelea por su salud, es decir, es un hombre sano.
Sano por la búsqueda de su esencia, como puede serlo un canceroso, un sidático o un loco. Como no puede serlo un hombre que actúa de mala fe.
Aquí nos topamos con un problema grav el que atañe a las distorsiones de la fe. El caso del que, por ejemplo, fanatizado por la causa que sea, el racismo, el patriotismo exacerbado, la religión, incluye la barbarie en su camino de “buena fe”. Nos encontramos entonces ante enfermedades del alma, que pueden ser colectivas y hasta por momentos compartidas por el embrión de una sociedad.
Pero no dejan de ser enfermedades serias. Batlle y Ordóñez hablaba de inteligencia como sinónimo de bondad. La mayoría de nosotros tenemos una intuición clara de lo que es la bondad. Pero este tipo de almas ha abandonado ese patrón que da el sentido común y anda oscureciendo el mundo.
Y qué decir de aquellos que son sensibles a la diferencia, pero actúan de mala fe por conveniencia personal. Esos seres transforman su conciencia en una bomba que les impedirá la felicidad, por más triunfos y seudoalegrías que su vida depare.
En cambio, un hombre de bien cruzando momentos durísimos, mantiene intacta la posibilidad de estar alegre algún día, y quizás, aún en el desamparo, encontrará zonas de amor donde recargar el alma y destellos en la mente, siquiera mechados en el dolor, que ayuden a vivir.
Por eso, la gran posibilidad de reorganizar el alma está en la fuerza para amar. Y en la paciencia. Porque el amor no es mágico ni instantáneo, sino una siembra permanente que a veces constituye en sí misma la única cosecha. Esto no quiere decir desprenderse del ego para intentar la felicidad sólo en otro cuando hablamos de fuerza de amar, hablamos de mantener encendido, a toda costa, el motor del amor propio.
En su disco “Miscelánea negra”, Rubén Rada plante “del dolor / nació la música negra / con el blues / toda una raza cantó / mi color / fue despreciado en la Tierra / que hoy no sé / si somos hijos de Dios”. Vaya pregunt ¿Cómo encuentra a Dios en su alma un ser lastimado, herido, maltratado por la vida? Y digo Dios porque hoy creo en él, pero si no, léase lo mejor de cada uno de nosotros.
Eso se encuentra sin dejar nunca la búsqueda. Recuerdo que en mi novela “Espuma”, ante la muerte de un niño, yo sentenciab “en las iglesias, otros alcahuetean a Dios”. Esas rebeldías las hemos pasado todos aquellos que, creyendo en un origen de amor, hemos cruzado dolores grandes. Pasa el tiempo y uno entiende que en aquellas rebeldías uno no estaba alejándose de Dios, aunque quizá uno sintiese que su corazón se había caído de la armonía universal. Porque cuando la rebeldía se adapta al tiempo y no se pierde en la ansiedad y en la furia inicial, puede ser un camino de amor. Adaptarse al tiempo, dejar que nuestros sueños sean menos cuando nos sentimos descompensados y quisiéramos reivindicarnos ya, en alguna realidad imposible, o, si posible, nunca inmediata.
Las realidades imposibles. Los sueños tan fuertes que parecen hechos y sin embargo pertenecen a lo que nunca pasará. Las realidades perdidas. Una vez un amigo me dijo que si hay paraíso, éste ha de ser la recuperación de lo perdido y el advenimiento de lo que nunca fue. Nuestra capacidad de imaginar y amar nos condenan a ser truncos. Pero tenemos una capacidad clave en todo est la de sufrir. Nadie a priori desea el sufrimiento. Pero la aptitud de soportarlo con entereza nos hace más libres. Sin confundir aptitud para sufrir con ese masoquismo en que solemos entrar cuando estamos sufriendo mucho.
Sabido es que en el dolor se aprende, porque el dolor hipersensibiliza a la vez que endurece, porque lo que se observa en uno sirve para conocer a los demás y amarlos mejor. Por eso hay que cuidarse mucho del rencor. Hace poco, reflexionando acerca del cristianismo, mi padre me dij “la única revolución que conozco es la de devolver odio con amor.”
Hemos hablado de mutaciones del alma. Ahora miramos un poco hacia el alma en pena. La pena o la alegría no son mutaciones del alma, sino circunstancias de un alma, que no necesariamente ha cambiado su sustancia. Yo puedo estar muy triste por algo concreto, o por la melancolía nuestra de cada día, y mi alma estar igual que cuando estaba alegre. El tema es cuando las grandes tristezas y sobre todo los grandes dolores, hacen mutar nuestra alma de un palazo. Esta mutación puede convertirse en un enriquecimiento. Pero cuando empobrece nuestra capacidad de amar, nos vamos a sentir muy solos.
Entonces, el alma debe autodisciplinarse para no flaquear por sus propios vaivenes mediante una escala de valores sólida que se puede afinar con los aprendizajes de la vida, pero que debe permanecer fiel a sí misma más allá de las circunstancias. Recordemos a Unamun “Yo soy yo y mi mismísima mismidad.” La mismísima mismidad es la esencia de nosotros, eso que hoy, mediocremente, tantos humanos venden.
Y pierden el reino de los cielos de la tierra. Sospecho que cuando nos pedía que imagináramos que no existe el paraíso, Lennon se acercaba a la esencia del amor de Crist el Cristo de acá y para acá, el que dice que hay que ser felices pese a las cruces, sintiendo cada día la conquista del cielo, más que como maravilla futura, como alegría de hoy.
RAMIRO GUZMAN ZULUAGA
http://ramiroguzmanzuluaga.blogspot.com
Qué es la libertad?
¿Qué es la libertad a fin de cuentas?
¿Una palabra, un deseo, una promesa?
¿Es un sueño, es miedo, es trayecto?
La libertad es decisión, es hacerse cargo, es elegir.
Es arriesgarse, tirarse al agua, no tener certezas.
Es buscar el propio camino, construirlo, ladrillo a ladrillo.
Libertad es aquella de todas las posibilidades que elijo para que se haga acontecimiento.
La libertad es culpa y es mérito.
Es sendero andado y por andar, es mirar más allá de uno con los pies en el suelo.
La libertad es por entero, no es a medias, es en serio.
Es tomar la vida en las manos, timonear el propio barco, tomar las riendas, crear lo nuevo.
Es levantarse y andar, salir del tapper, comenzar de nuevo.
Es quedarse acá. Mancarse el ser-humano sin salir corriendo.
La libertad es vivir a pleno, en el grito y en el silencio.
Es abrir-se, es dar-se por entero, es caer y emprender el vuelo.